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sábado, 21 de noviembre de 2009

Mi conciencia es absoluta, no dudo ni una fracción de segundos de que él pueda llegar a hacerse una mínima idea de cuanto me costó confiar, confiar por primera vez, realmente observo como una aventura el haberme subido a esa montaña rusa de emociones desconocidas. A pesar de que fácil no fue lo hice y subimos tan alto… gritamos de alegría. Quizás es por eso que esta bajada parece no tener final y grito de miedo. Grito sola, él no me escucha, puede ver como él se fue, se tiró sin dudar de que alguien abajo estaría esperándolo para agarrarlo (no se confundió).
Inexplicable es lo que se siente que el aire choque con mi cara a tal velocidad, me duele y la bajada sigue, ruego que termine, lloro, y hoy daría todo porque termine y por fin pueda sentir el suelo en mis pies.
Calculo (tal vez erróneamente como la mayoría de mis cálculos) que me voy a echar hacia la búsqueda de una montaña rusa diferente, de esas que son circulares, o que solamente suba, pero que no tenga bajada, una eterna subida. Subir más alto que nunca, traspasar la atmósfera, subir, hasta quedarme sin oxígeno y morir de amor, morir acompañada, feliz.

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